He chocado, borracho, pero jamás ha tenido que venir una ambulancia ni treinta patrullas a preguntarme cómo me llamo, de dónde soy, cuántos años tengo, mientras los médicos me palpan el cuerpo buscando lesiones serias, o sangre, o huesos, o cristales, mientras los policías se asoman al carro buscando armas, drogas, licuados, otras personas, mientras las ambulancias llegan, una tras otra, se estorban, se bajan otros doctores, las sirenas suenan y las luces giran y giran e iluminan todo como una fiesta, mientras los bomberos llegan con sus palas y recogen tierra del camellón para aventarla en donde la camioneta derramó el aceite o la gasolina o la cerveza y los licuados y los cristales mientras los abogados y los tipos del seguro interrogan al chofer del otro carro que de alguna manera tuvo que ver con el accidente pero están investigando y nadie sabe quién es el culpable y nadie sabe bien qué ha pasado y todos quieren preguntar pero hay que respetar porque chocar un carro no siempre es cualquier cosa, y nunca es algo gracioso definitivamente, todos nos quedamos viendo sin decir nada, queriendo saber algo, cómo fue, por qué salió volando la camioneta así, por qué tuvo que pasar eso, justo en este momento, y seguramente las personas que venían junto a esos carros se preguntaban lo mismo.
Texto: Abel Ibáñez Galván | Fotografía: Andrea Belmont

